GLAKDA

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ARQUETIPO DE CLASE: —–
TRASFONDO: Miembro de una Tribu

RAZA: Batrok

EDAD: 22 SEXO: Masculino
ALTURA: 1,40m COLOR OJOS: Rojos
PESO: 40Kg COLOR PIEL: Verde Militar

 

HISTORIA PERSONAL:

Glakda nació en una zona pantanosa cerca de Yol-Xoc, en un manglar donde los víperos tenían todo el control político y los hipótidos y los saurios se disputaban el poder militar. Los batrok eran los que allí no tenían ningún poder, obedecían cualquier orden de cualquiera que se cruzaran. Llegaba a tal punto que eran considerados la escoria social que sólo servía para trabajar y ni siquiera con esas tenían casi para comer.

Mientras Glakda crecía vio como esta injusticia estaba tan generalizada que ningún miembro de su raza lo consideraba raro, era su forma de vivir y así seguiría siendo porque vivían en paz dentro de su vasallaje. El resto de razas no les hacían ningún daño, bien fuera por mantener a sus sirvientes en condiciones físicas aceptables, bien porque cualquiera que se metiera con ellos se las podía ver con un hipótido o saurio si notaban que podían ver en peligro su fuente de mano de obra.

Pero no le servía como excusa la protección para una vida de sumisión. En cierta ocasión, su madre cayó enferma y un chamán vípero llegó a su hogar para curar su padecimiento, acompañado de un saurio que hacía de escolta. Todo parecía ir bien hasta que, en vez de curarla, dio su último aliento mientras le miraba con cara de un dolor indescriptible. Mientras veía que el chamán se levantaba con indiferencia por haberla matado, Glakda no pudo soportarlo, cogió un cuchillo y rebanó el cuello del chamán. Cuando el saurio se quiso dar cuenta, estaban los dos en el suelo y Glakda apuñalaba sin cesar al vípero. La visión de Glakda se volvía ondeante entre la adrenalina y la sangre que le salpicaba por toda la cara. En ese momento fue golpeado tan fuerte que salió rompiendo la pared de su casa mientras el saurio iba tras él. Estaba en el suelo tan débil que no podía moverse, pero veía como el saurio levantaba su maza para asestarle el golpe final. Pero se detuvo con la maza en lo alto. Glakda no le entendía hasta que vio como un desconocido, un anuro, tenía su mano en alto dirigida hacia el saurio. Entonces entendió que era magia. El saurio de desplomó en el suelo al estallar unas pequeñas bolas en diferentes zonas de su cuerpo.

El anuro le dio la orden de que le siguiera, pero Glakda no tuvo más remedio que entrar de nuevo en su hogar para asegurarse de nuevo que su madre seguía muerta en el camastro. Juntó todas sus fuerzas para arrancarle un colmillo al vípero, que más tarde se lo pondría de colgante para recordar el motivo por el que murió su madre, por el que tuvo que abandonar su lugar natal y por el que consideraba a su raza la más cobarde de todas las que habitan Voldor.

El anuro le llevó a la ciudad de Yol-Xoc donde le enseñó una nueva forma de vivir. Aunque era un mago, utilizaba sus conjuros para vivir de la más humilde de las maneras, pero sin ser sometido a nadie. Vivía donde quería dentro de la ciudad, en techos, tabernas si conseguía apropiarse de algo de dinero o en chozas de amigos si hacía frío, pero procurando nunca deber un favor a nadie. La autosuficiencia y la supervivencia se unían en una misma persona. Glakda le tenía un gran respeto y confiaba en él. Era su maestro, su amigo, su salvador, su gurú, su todo. Hasta que un día amaneció y él no estaba. Había dejado una nota:

“La vida no se basa en seguir a una persona. Cada cual tiene su propio destino individual, busca el tuyo a lo largo del mundo, haz todo lo que te he enseñado y aprende cosas nuevas. Conoce gente nueva y ten aventuras. Aprende a ser tú.”

Aunque al leerlo se le cayó alguna lágrima de pena, rápidamente entendió que lo había hecho para que pudiera tener su propia vida y eso sería lo que haría en adelante. Se dedicó a viajar a diferentes zonas de Voldor y a ver y entender todo lo que le rodeaba, conocer gente y hasta hacerse un nombre en algunos círculos. Al tiempo conoció a ciertas personas con las que compartiría más de una aventura.

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